La teoría del fútbol

Al principio, había curiosidad. Y la curiosidad iba en dos direcciones. Algunos querían saber por qué había que fermentar la harina. Otros querían saber para qué servía la harina fermentada. Los griegos llamaban a los primeros teóricos y a los segundos técnicos. Estos dos grupos crearon nuestra cultura. 

Los teóricos, que buscaban la realidad detrás de estos fenómenos, comenzaron a desentrañar los misterios con la ayuda de la lógica. Y convencidos de que la semana había terminado, descansaron. 

Los técnicos que aparecieron el octavo día conquistaron las verdades dejadas por los teóricos, y como no necesitaban comprensión, conquistaron el mundo. Y comenzaron a construir una Babilonia tecnológica. Y Dios, para castigar su orgullo, interfirió en su trabajo y les hizo crear la teoría del fútbol”. Con este preámbulo alegórico comencé mi estudio de la teoría del fútbol hace muchos años. 

Empecé con una diatriba contra los técnicos del deporte que habían asumido un trabajo para el que estaban mal equipados: explicar y administrar el juego. Los entrenadores eran antiguos jugadores que se habían convertido en profesionales y conocían bien la técnica del juego y la infinidad de detalles que implica el fútbol. Su contribución al deporte es inestimable, pero no pueden enseñar a los jugadores a jugar porque no saben de qué va el juego. 

El presuncionismo tiene raíces muy antiguas. El fútbol comenzó como una competición entre dos equipos que se centraba en la posesión del balón y la lucha por él. Los que jugaban entendían la dificultad de conseguir lo que intentaban; explicaban esta dificultad por la dificultad del balón y la resistencia de sus oponentes. Creían que si se controlaba el balón y se evitaba a los rivales, estas dificultades desaparecerían, y lo que daba miedo era que se siguiera creyendo en ello. 

Y esa creencia debería llevarnos a algo más: son los profesores del juego los que pueden enseñar a los jóvenes los movimientos adecuados para evitar o superar el ataque de un adversario. 

Se olvida una cosa: crear un juego no es lo mismo que jugarlo. Cualquiera que juegue al dominó y al ajedrez sabe hacer jugadas, incluso estúpidas. Sería un error crear un maestro de dominó que sólo supiera colocar otro seis en lugar de un seis, u otra blanca en lugar de una blanca, o un maestro de ajedrez que sólo supiera mover piezas y tomar. Y eso es exactamente lo que hacemos en el fútbol: nos encargamos de enseñar